Historias

Los murciélagos: Sin miedo a la oscuridad

Los murciélagos: Sin miedo a la oscuridad

Mirada Social

22 noviembre, 2019

Capaces de sobrevivir en una dimensión oscura. Un mundo en el que la luz no se ofrece como principal recurso, ni tan siquiera existe para ellos. No la necesitan para desarrollarse puesto que nunca la han conocido y, por tanto, no añoran su carencia. Tal vez la luz no resulte tan indispensable como pensamos, en esta vida de pantallas, colores llamativos y estereotipos de belleza. Esta vida que hemos elegido o no,  los que tenemos ojos en la cara y en la que absolutamente todo, nos entra a través de ellos.

Si hablamos con una persona ciega desde su nacimiento y le preguntamos si tiene miedo a la oscuridad, probablemente nos responderá asegurando que no puede experimentar esa sensación, porque no conoce lo que es la claridad.

Al igual que los murciélagos, aquellas personas que carecen del sentido de la vista, contemplan, aceptan y cambian el entorno que habitan y lo hacen sin mirar. Los murciélagos utilizan la ecolocalización para moverse y encontrar a sus presas sin dificultad. Quienes no pueden ver, se mueven por las calles con un bastón blanco o un perro guía, escriben y leen en braille y usan ordenadores parlantes.

Entonces, ¿podemos mirar sin ver?

Este es el reto que han aceptado los ‘Murciélagos’, un grupo de “videntes” formado por Chescu, Daniel y Juber, o lo que es lo mismo, un escritor, un músico y un escultor que de vez en cuando, han decidido “mirar con otros ojos” y relatarnos su experiencia a ciegas en el más visual de los mundos. Se inauguran en una Scape room totalmente a oscuras, viajando desde Extremadura a Madrid, porque allí está la única sala de España con estas características: The Darkest Room.

 

The Darkest Room: “Sumérgete en la oscuridad e ilumina tus sentidos”

 

En un viernes cálido de octubre, el barrio de Tetuán es una amalgama de colores, voces y tráfico. Se acompañan en la misma acera, cuerpo a cuerpo, establecimientos de comida turca con tiendas de mil cosas a un euro, flanqueadas ambas por comida rápida norteamericana o un estanco que ofrece sabores mentolados y afrutados. En esa misma acera, no caben todos. Deben andar de lado, vigilantes frente a colisiones imperfectas y, con más nervios que paciencia, el visitante le repite a su hija que atienda al paso, que no haga como en su ciudad, donde puede saltar y brincar sin miramientos.

Normalmente, no atendemos a nada de forma pausada. Tenemos cinco valiosas puertas sensoriales que utilizamos mecánicamente, tal vez por la prisa de este siglo desbocado, pero igualmente sin pararnos a reflexionar sobre lo que supone ver las mil luces de la capital y ensordecer por la mezcla de voces callejeras.

En estas divagaciones se encuentra el visitante mientras se acerca al destino al que se le ha invitado esa noche: la Darkest Room que regenta Víctor, en Palencia 31.

“Sumérgete en la oscuridad e ilumina tus sentidos”, reza su slogan. Y tanto.

 

La fachada del edificio no es gran cosa. Parece uno más de los miles de portales de Madrid. Tras llamar solemnemente, abre la puerta su guía para esa noche a ciegas. Ha convocado al visitante y a tres acompañantes más para resolver una misión en la que deberán escapar de una celda, en un Madrid futurista y destrozado por el progreso. Y tendrán que hacerlo “sumergidos en la oscuridad”. Setenta minutos sin valerse de sus ojos y en los que no tendrán más remedio que extraer al plano consciente el resto de los sentidos para llegar hasta el final. Y aquí es donde está la clave de todo. El sentido último de esta visita singular.

 

Porque, ¿alguna vez hemos recapacitado sobre lo que supone no ver? No durante unos segundos, siquiera durante unos pocos minutos. Eso lo hemos hecho todas y todos en juegos de recreo y diversas actividades de ocio. En esta visita, se trata de privarte de la vista durante más de una hora, bajo presión, con decenas de pequeñas metas a conseguir y a contrarreloj. En suma, poco margen para el error y pocas facilidades para recorrer el camino. En la primera sala, el visitante y sus compañeros permanecen más de veinte minutos, hasta que logran escapar hasta la segunda estancia. En ésta, la situación se va complicando poco a poco. El revuelto de voces, palpando rápido y desordenadamente cada objeto que encuentran en sus pasos indecisos, les conduce al caos: uno que se queda paralizado, otra que no para de dar indicaciones, otros que prueban de todo para resolver problemas que a penas entienden… El tiempo va pasando y, finalmente, no logran el objetivo. Asumen la derrota y su muerte ficticia es un hecho, poco después.

 

El visitante aprende que las personas que carecen del sentido de la vista viven, ciertamente, bajo presión, con decenas de pequeñas metas a conseguir cada día y a contrarreloj

 

Cuando vuelve la luz, el cerebro del visitante reconduce lo que apreciaba en la niebla y la memoria vuelve atrás para recapitular cada error cometido. Y el resultado de esa disensión imaginación – realidad deja al visitante perplejo, sin armas para explicar y explicarse en la tamaña empresa de moverse a oscuras. Conocer la verdad de primera mano, esa en la que sus manos deben ver y su oido debe afinarse al máximo para guiarse entre tinieblas, supone un regreso a sí mismo esclarecedor, paradójicamente luminoso, como reza el slogan de la Darkest Room. El visitante osado aprende, entonces, todo lo que hasta el momento únicamente intuía. Aprende que las personas que carecen del sentido de la vista viven, ciertamente, bajo presión, con decenas de pequeñas metas a conseguir cada día y a contrarreloj, con poco margen para cometer errores que las desvíen del camino.

Aprende que las personas que carecen del sentido de la vista empiezan ese camino en condiciones desiguales, que deben redoblar esfuerzos, superar ese paso lento e inseguro que la oscuridad les otorga y armarse a conciencia de manos sensibles y oídos atentos que miren por ellas. El visitante osado, el que recorre las sombras sabiéndose a salvo, entendiendo la experiencia desde un prisma temporal, vivencia así, de primera mano, la enorme barrera que de forma cotidiana saltan las personas que no pueden ver.

La saltan, eso sí, tras su viaje por el desierto de una sociedad que vive rápido, ávida de luces y facilidades, de instrucciones que se encuentran en cada pequeño obstáculo que se le presenta. Si nos lo dan todo hecho, tanto mejor. ¿Para qué esforzarse si el progreso puede recorrernos plácidamente? Las personas que no pueden ver lo hacen, además, sin miedo, llenas de experiencia y cargadas de razones para poder ser, para poder estar en el mundo con cuatro sentidos llenos de luz.

Y no está mal ponerse en su piel mediante experiencias como esta. Acostumbrados a la pulsera biométrica, al reloj – agenda – teléfono, a la medición precisa de nuestros pasos y nuestro pulsos, no viene mal sentir el vértigo de lo desconocido, recorrer en primera persona lo que no se puede traducir a datos exactos: ¿cuántos metros cuadrados tiene esta sala? ¿qué elementos tiene esta maqueta? ¿a qué distancia está la salida? La Darkest Room es necesaria para el visitante y sus acompañantes porque les aísla de ellos mismos y expone sus dudas ante un espejo negro, mostrando su capacidad de colaborar, de resolver problemas… y fracasar juntos, con una mezcla perfecta de risa y aceptación de la desnudez. Pues recorrido el desierto y aceptada la derrota, ¿qué sería la vida sin la oportunidad constante de fracasar?

 

 

CHESCU JIMÉNEZ

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies