Historias

La Gestapo del balcón

La Gestapo del balcón

Pedro Cuevas Moreno

1 abril, 2020

A estas alturas, ya estamos familiarizados con el balcón. Se podría decir que es nuestro nuevo lugar favorito de recreo. El sitio nostálgico para airearnos y evadirnos. El precursor de grandes iniciativas de entretenimiento y de reconocimiento al trabajo. Pero también, de otras no tan buenas. Aquel rincón que acerca a la calle y observa la realidad en primera persona. Un Gran Hermano al estilo George Orwell. Todo lo vigila. Capaz de sacar lo mejor y lo peor. Donde el doctor Jekyll aplaude a las 20.00 horas y Mr. Hyde increpa el movimiento en las calles. Donde uno se emociona y otro se enrabieta. Donde uno actúa con la severidad necesaria para la situación actual y otro como la Gestapo del balcón.

Paseos Terapeúticos. No es un Capricho.
Paseos Terapeúticos. No es un Capricho. Es una necesidad

La situación supera por momentos y, junto al ejercicio físico recomendado y la creación de una rutina, también es necesario otro mental. Cierto es que, actualmente, desde la puesta en marcha de la cuarentena, se han registrado más de 100.000 sanciones. Y que esa minoría actúa egoístamente. Pero antes de insultar y desfogarse, por llamarlo de una forma, hay que pararse a pensar. Para ello ya está la policía. No hace falta actuar como miembro de la secreta. Tampoco como superhéroes y superheroínas, Batman o Catwoman de balcón, que vuelcan su ira ante médicos de vuelta a casa, trabajadores de supermercado e incluso contra padres que pasean junto a sus hijos con autismo.

Este es el caso de José Manuel, padre de un niño de 9 años con autismo e hiperactividad. Los sucesos vividos se remontan al domingo 22 de marzo, cuando ambos, siguiendo las instrucciones sanitarias y del gobierno con un justificante médico, estaban en la calle para aliviar la ansiedad que puede provocar su confinamiento. Al llegar a unas pistas de baloncesto, ahora abandonadas, su hijo se disponía jugar con un patinete, que le relaja mucho y a su vez proporciona la seguridad necesaria de que no tocar nada más, cuando los vecinos comenzaron a increpar desde sus ventanas y llamaron a la policía.

Me da igual que llamen a la policía, pero gritar e increpar a un padre y un niño de nueve años con discapacidad intelectual merece de una recapacitación. Por suerte, mi hijo no es especialmente sensible a los ruidos. Pero muchos pueden alterarse ante esas situaciones, provocando mucho estrés, dolor, ansiedad o miedo” comenta José Manuel.

Por todo ello, concluye haciendo hincapié en una revisión de la actitud tomada. “Todos lo estamos pasando muy mal, pero por favor, si ven una situación que no entienden con un niño que no debería estar en la calle, hablen con la persona adulta que acompaña o llamen a la policía. No insulten a gritos. No amedrenten. No deseen el mal a ese padre con su hijo o hija. No todos saben los que es convivir con un trastorno o enfermedad mental, pero hay que aprender a convivir y respetar a quiénes tienen necesidades especiales”.

 

No todos saben los que es convivir con un trastorno o enfermedad mental, pero hay que aprender a convivir y respetar a quiénes tienen necesidades especiales


Parecido es el caso vivido por Lorena Contreras y su hijo con TEA. Vía Twitter, ha expresado su malestar y la impotencia sentida ante la tortura que supuso dar una vuelta por el paseo marítimo de Cádiz. De este modo, frente a los insultos e increpaciones, se preguntaba si la gente “puede imaginarse lo difícil que es ver a tu hijo autolesionándose o sacando el cuerpo por la ventana (vivo en un décimo piso) porque necesita salir”. Para concluir que, si ya es difícil la situación, con “los insultos resulta más complicada para las familias de personas con espectro autista”.

Aunque no han sido los únicos. Después de la denuncia principal de José Manuel, las redes sociales han contado historias similares vividas en primera persona o sucedidas a familiares cercanos. Por ello, asociaciones como Autismo España y Plena Inclusión solicitan mediante comunicados el cese de estas actitudes. La primera, por su parte, pide compresión y respecto, además de garantías de ser respetados y no increpados ni insultados. Haciendo una puntuación especial en la no obligación de tener que recurrir a identificativos estigmatizantes para ejercer los derechos que le son inherentes y reconocido. Mientras que, por otro lado, Plena Inclusión hace un llamamiento a la población para que dé muestras de civismo y sensibilidad frente a la necesidad miles de personas con discapacidad intelectual y trastornos de conducta.

Aplausos a las 20.00 horas, sí. Insultos, increpaciones y odio generalizado el resto del día, no. Desde el balcón se puede llegar a ver la vida diferente, pero la propia. No la de los demás. Por lo tanto, no hay que subestimar e interpretar acontecimientos que concurren en nuestras calles vacías. Tampoco es necesario ponerse un distintivo azul en el brazo para identificar a las personas que están en la calle. Bastante compleja resulta la situación ya, como para encima utilizar rasgos distintivos y estigmatizar. La solución es otra y pasa por el respeto y civismo. Por dejar a la policía que haga su trabajo. Por apartar el complejo de justiciero; de investigar casos de traición o sabotaje, y actuar como la Gestapo del balcón.

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