Historias

Cuando los ojos son las manos, la distancia social se convierte en la gran barrera

Cuando los ojos son las manos, la distancia social se convierte en la gran barrera

Susana Mangut Ponce de León

20 marzo, 2020

En los tiempos que corren, los tiempos de la “dichosa distancia social” que impone el coronavirus,  resulta absolutamente necesario tener ojos en la cara. En muchos supermercados, justo a la entrada puede leerse un cartel donde se indican una serie de normas que deben cumplirse para entrar y comenzar la imprescindible tarea. Las farmacias o pequeños establecimientos de comestibles optan por colocar una línea en el suelo, para señalar el necesario metro de distancia que hay que mantener con el dependiente y que, de no estar marcada de modo podotáctil, resulta imperceptible para alguien que no ve… Manos con guantes que palpan lo mínimo, personas que no pueden acercarse lo suficiente y que,  por tanto, utilizan de un modo más frecuente, el lenguaje que deja a las personas ciegas absolutamente huérfanas de comunicación, el lenguaje de los gestos. Corren tiempos difíciles para quienes ven a través de sus manos. El coronavirus no entiende de razas, situación social ni edades, pero tampoco de discapacidad y su forma de contagio acaba de un plumazo con la única manera de sobrevivir de aquellos a los que toda la información les entra por una retina que no se encuentra en los ojos de la cara, sino en la piel. Las personas ciegas o con deficiencia visual grave viven esta situación peculiar como todos. Enfrentándose a las dificultades y tratando de encontrar soluciones a cada problema porque, “lo miremos por donde lo miremos”, es lo que toca.

 

«Es que… con los guantes puestos no veo nada»

Algunas personas ciegas optan por hacer la compra online porque existen grandes superficies que dan prioridad a colectivos más vulnerables, pero aún así, nos cuentan que se tarda más tiempo en recibir los productos y que muchos de ellos no se los sirven porque no quedan en ese momento en existencia. Sin embargo, en el caso de aquellas personas que prefieren ir a los establecimientos para controlar lo que adquieren, el proceso se complica. Mari Ángeles vive en Málaga y afortunadamente, cuenta con un pequeño resto visual. Nos  comenta que nada más entrar en el supermercado, escuchó la voz de una señora que le indicaba insistente que debía ponerse guantes. Ni sabía donde estaban los guantes, ni localizaba a la señora que la avisaba y que se encontraba a varios metros de distancia de ella. Probablemente habría un cartel que indicase todas las normas a seguir, pero Mari Ángeles no podía verlo. «Además en el letrero por lo visto, también ponía que no se deben tocar demasiado los productos y volverlos a depositar en los estantes. Pero yo, una vez puestos los guantes, con lo que me supone llevarlos, porque me falta tacto para identificar las cosas, tengo que coger cada uno de los productos y acercármelo mucho a los ojos  para ver, por ejemplo, si es un yogurt, su sabor o su fecha de caducidad». Además, relata Mari Ángeles, «una dependienta que me conocía, que llevaba guantes y mascarilla, me vio tratando de buscar un paquete de azúcar y enseguida me ayudó, lo cojió y me lo puso en  la mano. De broma le dije: es que con los guantes, no veo nada… y las dos nos echamos a reír«.

Vicky vive en Badajoz y tanto ella como su único hijo, Gabriel, de  siete años, tienen deficiencia visual. Según nos explica Vicky, de su casa no han salido ni ella ni su pequeño, desde el pasado jueves: «ya el viernes, decidí no llevarle al cole. Recuerdo que el jueves anunciaban que a partir del lunes siguiente se suspendían las clases y no quise correr riesgos. De hecho, ambos no nos movemos de casa para nada».

En el caso de esta familia, reconocen que, después de todo, tienen suerte porque José Carlos, el marido de Vicky, sin ningún tipo de discapacidad, debe salir cada día por cuestiones profesionales y de obligado cumplimiento: «lo que hace José Carlos es traer compra cuando regresa a casa, al mediodía. Se marcha temprano con sus guantes y demás material para protegerse y siempre utiliza los mismos zapatos. Nada más entrar en casa, se ducha y echa toda su ropa a lavar». El resto visual que tiene Vicky y Gabriel, sí les permite moverse con un poco de soltura, pero no ahora, que se corren riesgos, nada más atravesar la puerta del portal. Vicky insiste en que, después de todo ellos son unos privilegiados: «si yo tuviese que salir sola, lógicamente sentiría miedo. Veo un poco pero tengo que ayudarme de las manos para identificar y controlar objetos y sería inevitable que lo tocase todo. Además, durante las mañanas, si tuviese que acudir, por ejemplo, a la farmacia o al médico, se complicaría la situación porque no puedo dejar solo a mi hijo Gabriel. Sí, es cierto que, al ser persona con discapacidad, puedo ir acompañada, pero lo último sería salir con un menor que, además también tiene discapacidad visual. Si cualquier niño se caracteriza por ir tocándolo todo, imagínate mi hijo que encima, no ve bien… correríamos un enorme riesgo que no voy a asumir. Por eso, mientras podamos seguiremos organizándonos así y que sea José Carlos el encargado de salir y traer lo necesario a casa. Además, según me cuenta mi marido cuando llega a casa, en los super no hay guantes desde hace tiempo, la gente guarda fielmente la distancia social de seguridad y todos se apartan de todos. En esa situación, desde luego imposible que podamos salir a la calle ni yo, ni mucho menos nuestro pequeño».

Mientras en los pequeños pueblos de Extremadura se vive en comunidad y solidaridad con los mayores, por ejemplo mediante iniciativas de ayuda para acudir al médico, ir a la farmacia o hacerles la compra y llevarles comida, llama la atención lo que le ha sucedido hace algunos días a un matrimonio que reside en la localidad cacereña de Navas del Madroño. Ambos de avanzada edad y uno de ellos, afiliado a la ONCE. Acudieron a su banco donde dejaban claro en las nuevas normas que todas las transacciones debían realizarse mediante el cajero automático situado fuera. Al pedir ayuda, nadie pudo prestársela debido a la poca distancia que se produciría entre el usuario y el empleado durante el proceso y que, lógicamente, desobedece la que hay que mantener  en estos difíciles y duros días.

Por su parte, Rocío y Pedro, residen en Murcia, los dos son ciegos totales y tienen dos niñas pequeñas: Andrea, de ocho años y Celia, de cuatro. Rocío nos explica que todo ha cambiado totalmente en estas semanas: «los primeros días sí que nos agobiamos muchísimo porque, hasta ahora, la forma habitual de hacer la compra consistía en ir al super y adquirir varios productos, pero no en gran cantidad. Siempre acudía acompañada por mi hija Andrea y no teníamos problemas. Cuando había que hacer compra grande de cosas más pesadas, lo solucionábamos  realizando el pedido vía telefónica, a una gran superficie». Sin embargo, en estos momentos, según nos plantea Rocío, deben adaptar sus circunstancias, sus recursos y su economía a una situación anómala y enfrentarla como puedan. «Lo que yo noto es que dependo absolutamente de la buena voluntad de la gente que nos quiera ayudar, ya que los encargos a domicilio están saturados y en ocasiones suspendidos».

En el caso de esta familia, tratan de salir lo menos posible y realizar compras del mayor número de productos. Además, Rocío insiste en que, más que de las soluciones de grandes empresas, se valen de la solidaridad de  personas concretas: «en nuestro caso, si tenemos la suerte de contar con un amigo que tiene coche y se nos ha ofrecido a ayudarnos. Además, aunque desde sus grandes empresas los jefes no tomen medidas eficaces, los trabajadores sí les prestan atención y se hacen conscientes de su circunstancia. Otro de los recursos con los que yo he contado, ha pasado por hablar con el encargado de uno de los supermercados donde solemos ir a comprar, exponer nuestra situación y pedir ayuda. Afortunadamente se ha mostrado receptivo y amable«.

 

EL GRUPO SOCIAL ONCE EN MARCHA CONTRA EL CORONAVIRUS

Por otro lado, el Grupo Social ONCE, ha puesto en marcha un plan de urgencia para atender a las personas ciegas y con discapacidad, especialmente a aquellas que viven solas, personas mayores o familias más vulnerables. Como nos  explica Andrés Ramos, Director General Adjunto de Servicios Sociales de la ONCE, «en todos los centros de la entidad, se han organizado equipos de atención básica, formados por psicólogos, trabajadores sociales y responsables de voluntariado». Además, también se han reforzado los servicios dedicados a personas ciegas mayores de 55 años que residen solas en sus domicilios, con el fin de realizar un seguimiento de su situación y facilitarles cualquier tipo de apoyo: desde servicios psicológicos, vía teléfono, hasta ayuda en la adquisición de alimentos o medicinas. Según indica Andrés Ramos, «también se mantienen una serie de guardias en el Centro de Tiflotecnología e Innovación, que garantizan  el apoyo en cuestiones tecnológicas, sumamente  útil en estos días de aislamiento, para las personas ciegas y sordociegas». Las necesidades educativas tampoco se descuidan y se presta desde los Centros de Recursos Educativos que la ONCE tiene repartidos por todo el país, por vía telemática, igual que sucede con otras entidades de la organización, como la Fundación ONCE del Perro Guía o la Escuela de Fisioterapia.

1 COMENTARIO
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    Jose Msngut Muriel
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    me parece un articulo muy acertado porque los que no tenemos ese problema nos hace recapacitar en estos momentos tan dificeles de las dificultades que encuentran edtas personas desde aqui tenemos hacer incapie en que la solidaridad es primordial

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